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“Los mercedarios son hombres con el corazón de una madre”

Sus hijos disfrutan la Navidad al lado de una comunidad de religiosas.

Luego de vivir varios años sin encontrarle rumbo a su vida, vacío y cayendo en los sufrimientos, Adan Zhar encontró en la Orden Mercedaria ese amor que le faltó de niño y que hoy lo mantiene firme ante las adversidades de la vida. Conozca la historia de este hombre que se transformó gracias al amor de la Virgen de La Merced presente en el corazón de un sacerdote.

Adan Zhar junto a su esposa y sus dos hijos es hoy un hombre nuevo.

Adan Zhar junto a su esposa y sus dos hijos es hoy un hombre nuevo.

A Adan Zhar se le sienten los latidos del corazón cuando habla. Basta con saber que está al otro lado del teléfono para ver su mirada cargada de esperanza y fe.

Pero esa fe en Dios no nació con él, o por lo menos no lo recuerda. Lo que sí ve con claridad en su memoria es parte de su infancia, esos días en que tenía 9 años y en los que su vida empezó a dar tumbos de un lado a otro.

“En el año 1975, época de Franco, a algunos niños huérfanos que estaban en sitios de acogida en el Sahara nos llevaron a Islas Canarias con destino a Cuba. Yo decía: no tengo familia en Cuba ¿qué haré allí? Lo pensé y me fugué”, dijo este hombre de origen Saharaui.

Así fue como iniciaron sus días habitando en la calle, conociendo todo tipo de personas, historias y situaciones difíciles y caóticas.

Muchas veces fue llevado a estaciones de Policía, reformatorios, casas de acogida, pero siempre terminaba en la calle.

“Madrugaba a buscar comida en el mercado central, me regalaban restos de verduras y luego las vendía. Con eso vivía y mandaba a arreglar mis zapatos para que les pusieran una suela más grande, gruesa, así me veía más alto y mayor, no como el niño que era”.

Estuvo en los buses vendiendo dulces y tabaco. En las noches trabajaba soplando cristales y hasta trabajó en un barco de pesca con unos coreanos durante dos años, y así permanecía hasta tres meses en el agua, en el mar sahariano. “Al final no me pagaron y no podía reclamar porque realmente no tenía una identificación, no existía para nadie”.

¿Quién era Adan? Era difícil saberlo porque no se ha conocido un documento oficial en el que se indiquen la fecha y el lugar de su nacimiento. Tampoco sabe el paradero de sus padres, situación que le ha multiplicado las ocasiones en que ha sido menospreciado e ignorado.

Adan colabora con tareas de servicios básicos en comunidades parroquiales mercedarias de Valencia.

Adan colabora con tareas de servicios básicos en comunidades parroquiales mercedarias de Valencia.

Estos obstáculos lo enviaban siempre al mismo sitio, la calle, donde tocó fondo cometiendo errores que lo llevaron a pagar una condena en la cárcel.

Sus días cambiaron

Allí, tras unas rejas, pudo mirarse y describirse: “Era un pedazo de carne nada más, sin alma, sin nada que lo moviera, sin rumbo”.

Un domingo, hace 25 años, asistió a una de las misas que Fray José Juan Galve celebraba en la cárcel.

“Escuché la Palabra de Dios y supe que había algo que no tenía, que era una persona vacía, sin amor de una familia, con odio. Esa noche en la cama pensé, sentí que esa Palabra me había llegado al corazón y me convencí que lo que he necesitado siempre es el amor de una madre y de un padre”.

Se puso en contacto con Fray José Juan, un sacerdote de la Orden de La Merced, que, como todos, cumple con cariño y bondad su misión de brindar asistencia y liberar el alma de los cautivos, en especial de quienes están en las prisiones.

“En el Padre José Juan Galve y en muchísimos otros sacerdotes mercedarios he encontrado vida. Ellos, siendo hombres, me han dado todo el amor de madre que he necesitado por tantos años. Es que yo era un bicho en el que la gente no confiaba y yo tampoco confiaba en nadie, porque me han hecho mucho daño.

“Ellos, los mercedarios, me dieron amor, confianza, cariño, salud, abrazos. Cuando he llorado han estado ahí para escucharme, abrazarme, y cuando deben corregirme también lo hacen. Es imposible no agradecerles al Padre Sesma que me ayudó a conseguir mis documentos de identidad, al Padre Melchor que me dio comida y dinero, al Padre Manolo que me colaboró para incluirme en la Seguridad Social, y al Padre Juan Pablo quien actualmente me socorre. Yo siento que el Señor me tocó como con una varita mágica a través de estos sacerdotes, es que ¡como los mercedarios no hay! En ellos recobré las ganas de vivir, de luchar, de salir adelante, de trabajar por ser una mejor persona, de verlo todo siempre mejor con los ojos de Dios ¡a ellos les debo todo!”, manifestó con emoción Adan, desde Valencia, la ciudad donde reside.

Así, tocado por la misericordia de Dios, ahora disfruta de la compañía de su esposa Marisa -como le dice con cariño- y de sus hijos Amanda y Manuel.

Como lo mencionamos anteriormente, gran parte de sus problemas radican en no tener un documento de identidad. Sólo hasta hace pocos años logró tener una tarjeta de residencia que debe renovar anualmente y que fue posible gracias a la intervención de la Defensoría del Pueblo y de testimonios de religiosos mercedarios que atestiguaron conocerlo muy bien.

Hoy vive gracias a las gestiones y trabajos que le ayudan a conseguir sus amigos frailes en tareas básicas de servicios, en las comunidades parroquiales donde hace presencia la Orden Mercedaria.

Además goza de tener una familia católica que se preocupa por él siempre, porque sus hijos crezcan en el camino de la fe y devoción a la Virgen de La Merced, y porque pueda seguir disfrutando esta nueva vida que tiene gracias a este amor maternal que encontró en esta comunidad religiosa.

 

 

Autor:  Tatiana Celis. Comunidadora Social – Periodista
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Author: lamercedlleida

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