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Alejandro Rincón nos cuenta cómo fue su vida antes y después de dar el sí al camino de vocación mercedaria. Testimonio vocacional.

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Nací en una familia tradicional de los Andes venezolanos, soy el tercero de cuatro hermanos, y la única hembra es la menor.

Antes de tener conciencia fui bautizado y confirmado, luego me negaba a participar en todo lo religioso, pero como era niño me llevaban obligado.

Cuenta mi mamá que un día me entraron a empujones a participar de la misa porque a mí me parecía muy aburrido. Recuerdo también que a los oficios de la Semana Santa siempre iba a dormirme, porque si protestaba o hacía alguna picardía me daban un pellizco y castigo seguro. A la catequesis de Primera Comunión ni le presté atención, sólo pasé por referencia a mi hermano que sí era aplicado. En la escuela sí era disciplinado y atento, pero en casa, peleaba con todos mis hermanos, aunque siempre hacíamos las tareas del campo que nuestros padres nos asignaban.

Un domingo, estando en la Iglesia, me di cuenta que todos le prestaban atención a alguien, y me llamó la atención. Al llegar a casa comenté que quería ser como ese señor de la Iglesia y todos se burlaron de mí porque mis actitudes y rebeldía no demostraban esa vocación.

Por mi insistencia, ingresé en el Seminario Menor de aquella diócesis, y ya estando en el segundo año Dios me permitió encontrarme con Él y conocerle, de ahí en adelante todo fue distinto y poco a poco he ido asumiendo una actitud de conversión.

Dios me permitió encontrarme con Él y conocerle, de ahí en adelante todo fue distinto y poco a poco he ido asumiendo una actitud de conversión.

Allí cursé los cinco años de bachillerato, luego hice el año de propedéutico, seguidamente los tres años de filosofía en el Seminario Mayor y al terminar, un año de pastoral.

Ya había manifestado retirarme porque desconfiaba de Dios. Sí “creía” pero, “tenía miedo defraudarle”, pensaba que mis capacidades y cualidades me harían ejemplar pero, que en cualquier momento le iba a traicionar, porque me conocía.

Decidí retirarme a una comunidad de vida laical, allí me desempeñé como misionero laico y participé en la fundación de una revista y de una casa en la capital del país junto con otros hermanos.

Allá continué los estudios de filosofía y cursé algunos semestres de arquitectura. Luego decidieron vender esa casa, entonces, continué una vida independiente realizando varios trabajos para mantenerme y pagar mis estudios. En varias ocasiones fui víctima del entorno social y la violencia, pero no abandonaba lo que había aprendido y, siempre estaba en esa continua comunicación con Dios, al punto que ayudaba a un sacerdote en su comunidad de fieles: era el músico, catequista y sacristán, y cuando me invitaban a los barrios iba a dictar ejercicios espirituales.

Con la ayuda de mis padres pude disponer de un vehículo para ser taxista y aumentar mis ingresos. Siempre lo consideraba como un santuario de paz, para que todo el que solicitara mis servicios, pudiera encontrar algo de Dios en mis atenciones, ya que la pluralidad y diversidad de personas con creencias, ideologías y problemas de cualquier tipo me comentaban su situación.

Un día, mientras oraba esperando una carrera, me dio una insatisfacción por lo que estaba haciendo, y me veía a futuro infeliz ya que el dinero no lo es todo, “¿de que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mc 8, 36). Y en un tiempo de gracia tomé la decisión.

Un día, mientras oraba esperando una carrera, me dio una insatisfacción por lo que estaba haciendo, y me veía a futuro infeliz ya que el dinero no lo es todo,

“¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mc 8, 36)

Me acerqué a la Orden de la Merced pidiendo orientación, y luego renuncié a todo cuanto tenía. Sólo sé, que no son mis capacidades y cualidades las que me hacen estar aquí, sino es contar con su gracia y estar consciente de mi respuesta sincera cada día. Desprenderme de lo externo no ha sido tan difícil, lo difícil es el polvo de las experiencias que marcan lo interno.

A la semana de haber ingresado les comenté a mi familia y sorprendidos apoyaron mi decisión, fue a partir del 28 de mayo de 2011 que me acerqué a la convivencia vocacional y me quedé hasta el día de hoy.

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