Señor, tú me llamaste, y yo dije que sí.

Me llamo Jonathan y soy de El Salvador.

Mis padres se llaman Héctor y Karyn, mi hermano, Marcelo, soy el mayor por nueve años. Crecí en el seno de una familia católica, que me transmitió la fe; íbamos a misa los domingos, pero nunca se me había pasado por la cabeza la idea de ser sacerdote, y menos, consagrar mi vida a Dios

Aunque de pequeño, iba a misa y leía en la misa de niños, -me enseñó mi abuela, que era profesora- yo era el más pequeño, tendría 6 o 7 años. Mi papá me compró una guitarra y aprendí a tocar a los 10 años, y me incorporé al coro de niños, de la Parroquia la Transfiguración. He tenido una juventud, como cualquier otro joven.

Me gustaba mucho salir de fiesta, bailar, cantar, compartir con mis amigos, tuve varias novias, etc.

Todo comenzó a cambiar a partir del matrimonio por la iglesia de mis padres, ya que después de ese evento, nos mudamos al territorio de la única parroquia atendida por los Padres Mercedarios en todo el país: la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Ciudad Merliot.

¿Casualidad o Providencia?

Luego, me incorporé al grupo juvenil, más por buscar a una muchacha que otra cosa, no obstante, mi vida se iba llenando poco a poco de Dios. Después me incorporé al grupo de acólitos de la parroquia, eso me hizo acercarme un poco más a la vida de la Iglesia.

Me gradué del colegio y comencé a estudiar ingeniería eléctrica en la Universidad. Yo hubiese deseado estudiar física teórica, pero mis papás me sugirieron algo más cercano al trabajo de mi papá; como también me llamaba la atención la ingeniería, accedí.

Un día, caminando por la peatonal, tomado de la mano de mi novia, eran como las cuatro de la tarde, se me vino a la mente un «pensamiento», una voz en mi interior que decía: Quiero ser sacerdote. Decidí ignorarlo, pero a partir de ese momento, esa voz iba resonando en mi vida, cada vez más fuerte, hasta que ya no pude seguir evitándola.

Busqué acompañamiento con dos sacerdotes, el P. Paco Sanz, el sacerdote mercedario, y el P. Tojeira, jesuita, rector de la universidad donde estudiaba. Ambos me invitaban a optar por su congregación, al final, Dios me llamó a la Merced, y yo dije que sí.

Había que dejar atrás, mi familia, mis estudios, mis planes, aún a mí mismo para consagrarme a Dios, y yo dije que sí.

Desde entonces, sigo renovando mi compromiso con Dios, en la Orden de la Merced. El ocho de septiembre de dos mil dieciocho fui Ordenado Sacerdote.

Y creo que ha valido la pena embarcarme en esta aventura. Tomado de la mano de Jesús y de María experimento en mi vida, mi propia pequeñez y la grandeza de Dios, quien hace años, me llamó a seguirle.

Hay momentos buenos, y momentos difíciles, como todo en la vida, pero es Dios quien me sostiene y me da la fuerza para seguir adelante.

Estoy infinitamente agradecido con Dios, porque le ha dado un sentido a mi vida, más grande del que yo hubiese podido imaginar.

Ahora Dios me tiene sirviendo en la comunidad mercedaria de Panamá, siempre le pido que me llene de su gracia y de su amor, para poder dar la vida, tal como su Hijo la dio.

Señor, yo sé que tú me has llamado, yo dije que sí ¿Y tú?